En los ranchos y pueblos de Baja California Sur, la niñez se ha forjado en un entorno donde la naturaleza, la imaginación y la comunidad han sido siempre los mejores maestros. Lejos de la tecnología y los juguetes comerciales que hoy dominan la infancia, los niños de antaño crecieron inventando juegos con lo que tenían a la mano: piedras, ramas, la tierra misma y, sobre todo, la compañía de otros niños. Los pasatiempos tradicionales no solo eran entretenimiento, sino también una forma de aprender habilidades, fortalecer vínculos y transmitir valores.
Uno de los juegos más populares era la rayuela, dibujada en el suelo con un palo o una piedra. Con un tejo improvisado —a veces una piedra lisa— los niños saltaban entre cuadros numerados, probando equilibrio y destreza. No hacía falta más que un poco de espacio libre para pasar horas de diversión. Otro clásico era la víbora de la mar, jugada en las fiestas y reuniones, donde las rondas y cantos fortalecían la convivencia y enseñaban a coordinarse en grupo.
Los juegos de competencia también ocupaban un lugar importante. Carreras de costales, competencias de trompos y luchas de fuerza con sogas eran habituales en las fiestas patronales y convivencias escolares. En el rancho, las carreras a pie se transformaban fácilmente en carreras de caballos, pues desde muy pequeños los niños aprendían a montar, convirtiendo el juego en un ensayo para la vida adulta.
No menos importantes eran los juegos de imaginación. Con ramas secas construían casitas, simulaban fogones y organizaban "tienditas" donde intercambiaban semillas, piedritas o frutas recolectadas. Estos juegos, más allá de la diversión, reproducían los roles familiares y enseñaban a los niños a valorar la cooperación, el trabajo y la vida comunitaria. Era común ver cómo imitaban a sus padres ordeñando cabras de barro, cuidando “animales” inventados o simulando cabalgatas rumbo a un pueblo cercano.
Las canciones y rondas infantiles eran otro pasatiempo esencial. Juegos como el patio de mi casa o doña Blanca acompañaban tardes enteras, siempre con el eco de las voces mezclándose bajo el sol o a la sombra de un mezquite. A través de estos cantos, los niños aprendían coordinación, memoria y un sentido de pertenencia a su grupo.
En tiempos de lluvia, cuando el agua escasa corría por las cañadas, los charcos se convertían en escenarios de juego. Barquitos de hojas, competencias de ranas y chapuzones improvisados marcaban la temporada como un regalo de la naturaleza. Era un tiempo en que la diversión se ligaba profundamente al entorno, generando respeto y admiración por la tierra que los alimentaba.
Hoy muchos de estos juegos tradicionales sobreviven, aunque a veces relegados frente a la tecnología. Sin embargo, en las rancherías más alejadas aún se escucha la risa de los niños corriendo tras un trompo o trazando una rayuela en la tierra. Estos pasatiempos, sencillos en apariencia, guardan un valor enorme: nos recuerdan que la infancia puede ser feliz con muy poco, siempre que exista imaginación, comunidad y libertad.

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